--La influencia de la virtualidad en las relaciones humanas

La influencia de la virtualidad en las relaciones humanas

          Los psicoanalistas, mediante la interpretación, dotamos de virtualidad a la escena psicoanalítica, generando inmersiones en realidades o mundos que no están presentes; sin embargo, están siendo experimentados. Teniendo en cuenta esta concepción de virtualidad, podemos entender que no existe nada más virtual que la realidad.

          En la actualidad nos enfrentamos a una serie de extensiones tecnológicas que convierten el uso de la conectividad en un caldo de cultivo donde se depositan muchas fantasías del paciente, las cuales constituyen un interesante material de interpretación; se trata de herramientas en las que apoyarnos para la traducción de los síntomas (en lugar de que éstos se desvíen en términos de la transferencia y en cuestiones de contenido), ya que éstas funcionan como las fantasías y los sueños: nos hablan de los contenidos mentales del paciente (sobre todo de la interacción entre la realidad externa e interna), pero, ¿y en términos del vínculo?; es decir, ¿cómo influye lo virtual en la manera de relacionarnos?

          No podemos negar que las formas de interactuar han cambiado. Lo que no se trata de una obviedad, pero sí de una paradoja, es el resultado que genera esta nueva manera de comunicación (en muchos aspectos icónica, sincrética, puntual, superficial e insensible con respecto a los sentidos). En este contexto, el cuerpo del “otro” progresivamente desaparece y la interacción se limita a la relación entre las mentes, también “virtualizadas”.

          El presente trabajo está dividido en tres aspectos: las relaciones con el mundo, las relaciones con los “otros” y, por último, las relaciones del “yo” con el “sí mismo”. La intencionalidad de este ensayo es la de regresar a un punto de origen: el vínculo.

Las relaciones con el mundo

          Ante las velocidades de vértigo con que la conectividad y la virtualidad han sido instauradas en el día a día, pienso en el movimiento, en los cambios acontecidos desde el establecimiento de los primeros grupos humanos, en el tránsito del hombre nómada (que forzosamente adaptó su funcionamiento) al sedentario, avanzando progresivamente desde la predominancia del proceso primario al proceso secundario de pensamiento, momento en el cual podría deducirse que emergerían los conflictos existenciales más profundos.

          Existe una asociación entre el movimiento, la actividad, la dimensión de lo nómada (predominancia del proceso primario) y la incapacidad (o la negación) para conectar con el dolor. También se da otra conexión entre lo sedentario (simultaneidad entre el proceso primario y secundario de pensamiento), la pausa y la depresión.

          El nómada vive una realidad apremiante en términos de ser resolutivo y superviviente (muy ad hoc a los tiempos que corren, en los cuales todas estas reflexiones convergen); al volverse sedentario, tiende a gestionar y organizar los recursos, y el entorno lo orilla a pensar, actividad que lo conflictúa. Por otra parte, para satisfacer las necesidades emergentes, el ser humano se vuelve sofisticado y la tecnología queda al servicio directo de dichas necesidades, progresivamente complejas.

          En relación con la angustia, ordenamos el mundo externo para paliar la sensación de caos, desorden y locura que la revolución de las emociones en el mundo interno supone; establecemos parámetros, medidas, reglas, normas, ciclos; creamos procesos; sin embargo, no tenemos tiempo para detenernos a pensar porque el mundo externo que hemos inventado es tan demandante que nos impide conectar con el mundo interno. Las actividades del nómada y el sedentario que parecían pura supervivencia se han sofisticado de tal manera que nos encontramos en pausa (sobreviviendo).

          El ser humano actual no es un ser sedentario: es un ser humano en pausa. En dicha pausa se desdobla (a través de la red) y se cuela en las ventanas de la virtualidad (en la fantasía) para explorarla como si de un nómada se tratase, puesto que ha conseguido librarse del lastre del cuerpo y las fronteras físicas. El hombre contemporáneo es un híbrido entre el movimiento, que niega; y la pausa, que duele. Una suerte de instancia heterotópica que combina proceso primario y proceso secundario de pensamientos actuados en la red (donde no es necesario tolerar la frustración, postergar la pulsión o aplazar el deseo).

          Al relacionarnos con el mundo de esta manera virtualizada, tecnológica y siempre conectada, generamos la posibilidad de paliar el monto de soledad original (producto del proceso de diferenciación con la madre y de la consciencia de la individualidad) que siempre nos acompaña. De esta manera, en el escenario de la conectividad, observar a los sujetos utilizando dispositivos electrónicos como si fuesen extensiones de sí mismos cada vez es más frecuente. Éstos se desplazan por doquier, sin alzar la mirada, suspendidos en una dimensión en la que el organismo se desdobla para funcionar en modo multitarea (multitask) y permanentemente conectado (alwayson).

          Sin embargo, colocándonos en una ventana virtual, podemos ser visibles, hipervisibles y simultáneamente invisibles, por aquello que dijo Nietzsche: “Si miras durante mucho tiempo el abismo, el abismo acabará mirando dentro de ti”. Este fugaz sentimiento de compañía produce un pequeño alivio, pero no satisface la necesidad de vinculación y presencia, porque existe un punto de realidad donde sabemos que las expectativas generadas sobre las personas con las que convivimos en Internet son pocas; ésto nos hace sentir seguros y nos protege un poco, generando a su vez sensaciones de omnipotencia con respecto al control del objeto.

          La relación con las personas con las que interactuamos en las redes sociales tiene un matiz relacionado con la modulación y la regulación de cierta distancia de seguridad, para salvaguardar los afectos y preservar la individualidad, la cual prevalece sobre la necesidad genuina de vincularse.

Las relaciones con los “otros”

          Un cibernauta se define, busca y se encuentra con otros a través de imágenes percibidas desde una ventana, que resultan de la aplicación de filtros parciales a la vida de los usuarios. En este contexto, uno muestra sus mejores fotografías, las mejores vestimentas, los escenarios más exóticos; se encuentra rodeado de gente atractiva, realizando actividades deportivas de alto riesgo, altruistas o incluso en viajes paradisíacos. Rara vez se retrata lo trivial, lo cotidiano, lo ordinario o lo usual; y no es que siempre parezca que los individuos son felices, es que parece que son felices siempre.

          El concepto de amor líquido creado por Zygmunt Bauman expone la fragilidad de los vínculos humanos, describe el tipo de relaciones interpersonales desarrolladas en la posmodernidad y las relaciones que se dan por Internet, caracterizadas por la falta de solidez, calidez y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreas y casi carentes de compromiso; los sujetos se perciben a sí mismos y a los otros vendiéndose como si fuesen productos.

          Me gustaría incluir un comentario de una paciente, un pequeño fragmente de una sesión clínica, que ejemplifica la idea de los “otros” como productos:

          “Tengo varias aplicaciones, verás… Hay todo tipo de perfiles: altos, flacos, feos, guapos, producto nacional, extranjeros… Hay aplicaciones para conocer chicas y chicos, o solo chicas, o solo chicos; puedes ver sus fotos, a qué se dedican, cuáles son sus gustos… Así vas descartando rápidamente; es súper cómodo, yo estoy en casa tranquilamente, desde el sofá… Ya he encontrado un montón de perfiles interesantes…”

          Bauman establece una distinción en la que el amor tiene como meta preservar el objeto querido desde la libertad, lo cual conlleva a la supervivencia del “yo” encarnada en la alteridad de un “otro” (a diferencia de las ganas), donde no se sucumbe a la renuncia; se está perpetuamente en la búsqueda, manteniendo activa la idea de esa única persona perfecta; pululando por ahí, en alguna parte del universo virtual. Al lado de esa persona, el resto son productos desechables.

          Ese estado de idealización perpetuado por lo virtual genera una progresiva brecha entre la realidad y el deseo, la cual es alimentada por un contexto imaginario; es decir, se confecciona un “yo” desde lo virtual que va al encuentro con el “otro” (virtual); nuestro “yo” recorre una brecha que contiene todas nuestras proyecciones, idealizaciones y deseos; y, simultáneamente, se niega la idealización hecha sobre el “otro”, además del recorrido elaborado por el “otro” (el cual se trata exactamente del mismo recorrido) desde su propio punto de origen.

          Las reflexiones anteriores estarían en relación al encuentro con el “otro” virtual, como en el ejemplo antes mencionado con respecto a la búsqueda del amor y la dinámica de las interacciones virtuales; pero al hablar de las relaciones con los otros en la red, es importante subrayar el desencuentro, es decir, el duelo virtual en el que se actúa de manera melancólica (con respecto a la perdida del objeto) y de manera narcisista (con respecto del “sí mismo”), generándose la fantasía de la inmortalidad (existir sin cuerpo).

          Jean François Lyotard en su recopilación de charlas sobre el tiempo (tituladas Lo inhumano) aborda la compleja temática de lo posmoderno. Este autor propone la dificultad a la que se enfrentaría la tecnología para “pensar sin cuerpo”; se pregunta si podría existir el ser sin cuerpo (como en la red) si se produjera la explosión del sol. El filósofo se refiere a la creación de una tecnología que prescindiera del cuerpo físico, manteniendo todas las características de la existencia del ser, sensible, ontológico. Sin embargo, esta solución no sería satisfactoria: “El ojo no sólo mira, sino que busca el reconocimiento”, afirma.

          Las redes sociales pueden funcionar como un lugar conciso y claro de ubicación del objeto perdido. Un paciente joven me comentó en una sesión:

          “La muerte de mi madre me ha dolido mucho, pero ya no me duele más, porque yo sé dónde está: está en Facebook. Yo le escribo en su muro, y la etiqueto en las fotos de las cosas que hago, a veces actualizo su perfil y reviso lo que la gente le escribe: vale, yo sé que no esta ahí, ahí, ¿sabes?… pero está… y yo creo que ya no sufre.”

          El paciente muestra dificultades para la elaboración del duelo. La virtualidad le sirve para mantener en activo un espacio que genera la sensación de persistencia del objeto perdido; de esta manera, en relación con la perdida, el uso de la virtualidad lleva al “yo” a actuar de manera melancólica.

          Ahora bien, si nos colocamos del otro lado (no del doliente, sino del fallecido), y retomamos la idea de la inmortalidad, toda la información (datos, imágenes, conversaciones, publicaciones, tags, blogs y posts) que dejamos atrás cuando morimos parecen ser una forma de sobrevivir a la explosión del sol (“guardándonos en una nube”); es decir, en la red, en relación a la renuncia de nuestra propia existencia y de las posibles abstracciones; actuamos de manera omnipotente y narcisista.

La relación del “yo” con el “sí mismo”

          Laing introduce la palabra esquizoide que:

          Designa a un individuo en el cual la totalidad de su experiencia está dividida de dos maneras principales: en primer lugar, hay una brecha en su relación con su mundo y, en segundo lugar, hay una rotura en su relación consigo mismo. Tal persona no es capaz de experimentarse a sí misma “junto con otras” o “como en su casa” en el mundo, sino que, por el contrario, se experimenta a sí misma en una desesperante soledad y completo aislamiento; además, no se experimenta a sí misma como una persona completa sino más bien como si estuviese dividida de varias maneras, quizá como una mente más o menos tenuemente ligada a un cuerpo, como dos o más “yos”, y así sucesivamente.

          En términos de la virtualidad, existe una división similar; por un lado, el internauta establece una brecha de relación con su mundo cuando efectúa una regulación en la conexión con el mundo real (no virtual), modulando sus vínculos con personas, y la realización de experiencias reales; y, por otro lado, se produce una rotura en su relación consigo mismo cuando al generar su perfil y publicar su actividad en las redes sociales, se filtra a sí mismo y selecciona aspectos de su vida, partes que desea mostrar (lo que cree ser).

          Las experiencias de despersonalización y sensación de malestar con respecto a estar inmerso en el mundo pueden no ser tan agudas; sin embargo, podrían percibirse como desdobladas y/o fragmentadas. Además, la ligazón a un cuerpo no se vería tan limitada al interior del “sí mismo”, sino que se ampliaría a la creación de mundos virtuales.

          Lo esquizoide abstrae al hombre de su relación con el “otro” y con el mundo real. Del mismo modo, la virtualidad permite la creación de mundos confeccionados en los cuales éste se sumerge, además de facilitar la relación del “yo” con el “yo” (o del Yo con el Ello); se trata de mecanismos de defensa frente a las angustias producidas por el hecho de enfrentarse al mundo real. En este sentido, tanto lo intrapsíquico como lo intersubjetivo se organizan de un modo peculiar: el vínculo se vuelve sobre el “sí mismo” (“virtualizado”) y progresivamente se desvanece con respecto de los otros reales.

          Sartre dice (con respecto a la psicología de la imaginación):

          Preferir lo imaginario no es solamente preferir la mediocridad existente de una riqueza, una belleza, un lujo imaginario a pesar de su naturaleza irreal; es también adoptar sentimientos y acciones imaginarios, en virtud de su naturaleza imaginaria. No es sólo esta o aquella imagen la que se elige, sino el estado imaginario, con todo lo que ésto envuelve; no es solamente una escapatoria del contenido real, sino de la forma de lo real mismo, de su carácter de presencia, de la clase de respuesta que nos pide, de la adaptación de nuestras acciones al objeto, del carácter inagotable de la percepción, de su independencia, de la mismísima manera en que nuestros sentimientos se desarrollan a sí mismos.

          Laing posteriormente agrega:

          La persona que no actúa en la realidad y sólo obra en la fantasía se vuelve irreal. Para esa persona el mundo real se encoge y empobrece. La realidad del mundo físico y de las demás personas deja de ser un incentivo para el ejercicio creador de la imaginación y por tanto pasa a tener cada vez menos significación en sí misma. La fantasía, al no encontrarse, en cierta medida, encarnada en la realidad o enriquecida por introyecciones de la realidad se torna cada vez más vacía y volatizada. El yo cuya relación con la realidad ya es tenue, se torna cada vez menos una realidad-yo, y es cada vez más fantasmatizado a medida que se ve cada vez más entregado a relaciones fantásticas con sus propios fantasmas (imágenes).

          La fragilidad de la realidad (y su interpretación) es frecuentemente empujada al límite con las redes sociales. Se establece la posibilidad de crear mundos virtuales donde nacen vidas paralelas, desdobladas y mejoradas para las que la realidad y el vínculo son prescindibles. La creación de estos mundos puede compararse con la vivencia esquizoide del vacío interno. El internauta pretende llenar el vacío interno a través de la creación de mundos virtuales, mediante la interacción con las imágenes en la pantalla, alejándose progresivamente de la posibilidad de ponerse en contacto con el sentimiento profundo de soledad y de vacuidad. Todo lo que sacia está ahí afuera, en el mundo virtual, lo cual es traído a nuestra existencia para llenarla de cosas, imágenes, trozos, entes parciales, fragmentos, placebos de la realidad…

          En la esquizofrenia la necesidad de defenderse de una realidad que angustia es apremiante; por ello, el individuo crea síntomas complejísimos que actualmente son entendidos como una forma de locura.

          Las reflexiones anteriores también sugieren algo de loco, algo de defensivo y algo de bizarro; preferimos confeccionar nuestros propios mundos virtuales antes que interactuar con la realidad (y con los “otros”). En este caso, aparentemente hacemos un acting out del mismo miedo a vincularnos con sujetos reales para no ser tragados o invadidos (tal como temería el esquizoide). No queremos correr ese riesgo y elegimos el aislamiento, la introversión, el parapeto entre mi organismo y los otros, generando fusiones entre nuestro “yo” y nuestros mundos virtuales.

Hablemos del vínculo

          El vínculo es un puente para la subjetivación. En términos de la virtualidad, parece que todo lo relativo a la presencia del “otro” progresivamente desaparece, se desvanece. Sin embargo, aunque analicemos la virtualidad, en realidad no vivimos en un mundo exclusivamente virtual, anobjetal.

          La capacidad para vincularse requiere de más elementos. Rene Kaes afirma que “El vínculo es un asunto con el otro. Esos otros no son solamente figuraciones o representaciones de pulsiones, de objetos parciales, representaciones de cosas o palabras del sujeto mismo; los otros son irreductibles a lo que ellos representan para otro”.

          Necesitamos otros referentes reales, vivos, vibrantes para construirnos, si pensamos en la posibilidad de no consumirnos y desaparecer dentro del reducido charco de nuestros reflejos y sus contenidos; deberíamos alzar la mirada para investigar el mundo que nos circunda y, con este gesto, experimentar la oportunidad de encontrarnos con la mirada del “otro”.

          Más que conectar, necesitamos vincularnos.

 

Por | 2018-10-06T00:49:50+00:00 octubre 11th, 2015|Categorías: articulos|Sin comentarios

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